// Carlos del Frade

Periodista, investigador, escritor, político. Un “decidor” - como suele Carlos mismo nombrar a los/as locutores - que labura para decir lo que muchos/es no quieren contar.

“¡Sed!” Hay que tener sed para trabajar, para escribir, para buscar, para indagar. Hay que salir a la calle con sed, propone del Frade en sus talleres, seminarios y charlas a estudiantes de la comunicación. SED: Sorpresa, Emoción y Denuncia.

Por Sonia Tessa.

Carlos del Frade nació el 5 de febrero de 1963. Hijo de una mujer sencilla por la que siente devoción y de un bancario que fue despedido de su trabajo durante el menemismo.

Carlos tenía 2 vocaciones: quería ser relator de fútbol y explorador. Ir todos los domingos a ver a Central con su papá era una de las razones de la existencia. En la secundaria, una profesora de Castellano, los llevó a conocer a Ernesto Sábato. El impacto que causó en Del Frade fue tal que le empezó a escribir cartas. Y el escritor le contestaba con una letra abigarrada. Allí supo que lo suyo era escribir.

A los 13 años, cuando cursaba primer año del secundario en la escuela Dante Alighieri, supo que quería ser periodista. Del Frade no es un tipo de quedarse en promesas. Tenía 14 cuando empezó a hacer micros sobre OVNIS en LT2, en el programa que conducía Quique Pesoa con la producción de Juliovich. En el equipo había otros dos jóvenes brillantes: Osvaldo Bazán y Damián Schwarzstein. Mientras tanto, empezaba a recorrer otras ciudades de la provincia con sus propuestas periodísticas: una impronta que aún conserva.

Del Frade comenzó a estudiar en un instituto privado de periodismo, pero justo le tocó el Servicio Militar Obligatorio. En la colimba conoció el autoritarismo militar y comenzó a politizarse. Al salir, terminó la carrera de periodismo; y siempre agradece a sus padres la posibilidad de ser periodista. “Mi mamá y mi papá eran tipos muy simples, especialmente mi mamá, y la verdad que me bancaron toda la posibilidad de estudiar, me compraron el primer grabador, la primera máquina de escribir. Tuve una libertad extraordinaria, con muy poco, muy poco dinero, pero me bancaron todo, la cuestión de los libros, los viajes, fue extraordinario”, dice Carlos sobre la familia que le enseñó a estar siempre del lado del más débil, a sentir cualquier injusticia como propia.

Era 1983. Carlos leía las notas de la revista Humor y también de El Porteño. “La nota que más me impresionó fue la primera nota que leí a Hebe de Bonafini. Me shockeó. No pude dormir durante cuatro noches después de leer la entrevista”, recuerda ahora.

Sed

Carlos Del Frade se convirtió en el tipo que siempre dice la verdad, cueste lo que cueste. Echado de casi todos los medios grandes de la provincia de Santa Fe, el periodista de investigación con más de 50 libros publicados, se forjó como una de las la persona más jugadas en la denuncia de las injusticias.

Su actitud ante el periodismo es tan franca como la que asume en su vida. “Hay que salir a decir lo que uno sabe, en el momento que lo sabe, porque si no se hace cómplice de lo que pasa. Porque si no, les terminás pidiendo permiso a los jueces para hablar. ¿Somos periodistas o somos voceros de la justicia? Porque si somos voceros de la justicia, bárbaro, vamos a tener todo chequeado, pero somos propagandistas de tribunales. Eso no es periodismo. Además chequear la fuente para Tribunales es una cosa. Ahora, la verdad para periodistas es otra, y la verdad para la gente es otra también”, dice Carlos que todos los días recibe en su teléfono –tan público como su patrimonio y sus ideas- llamadas con denuncias, datos para iniciar una investigación, pedidos de ayuda.

“Todos los días lo que te ofrece el periodismo es hermoso. Gente que te llama para denunciar algo, todos los días me pasa eso. Lo mejor que me dio el periodismo son esas historias de gente bien simple, de la que no hay fotos: el pibe hachero, el pescador, una señora al que le matan el hijo por narco. Esas historias te demuestran que el ser humano, a pesar de las cosas terribles, es capaz de defender los valores más hermosos”, agrega.

La mirada de Carlos siempre se posa en quienes no pueden hacerse escuchar de otras maneras. A los humildes no les pregunta por qué dicen lo que dicen, sino que trata de entenderlos, de testimoniar sus vidas. A los poderosos, simplemente, los enfrenta. Quienes lo quieren, se mofan de su recurso excesivo a la palabra “luminoso” cuando habla de jóvenes, de luchadores sociales, de aquellos en los que ve la llama de un futuro.

Los laburos

En 1987, entró a trabajar en el programa Convenio, de LT3, una emisión conducida por María Herminia Grande que daba cuenta de la actividad gremial de la región. Carlos debía hablar todas las semanas con los sindicalistas de diferentes rubros de los 60 gremios que auspiciaban el programa. Allí, comenzó a entender lo que había significado la última dictadura militar para los trabajadores. Empezó a entender que antes de la represión ilegal había una trama de organizaciones sindicales de base, de comisiones gremiales internas, de sindicatos, que peleaban por los derechos de los trabajadores. Y consideró que sólo estaba transmitiendo al aire una décima parte de la información que iba recolectando.

En 1994, en Rosario 12, fue el primero en denunciar que el entonces poderoso arzobispo de Santa Fe, Edgardo Storni, afrontaba una investigación en el Vaticano por abuso sexual a seminaristas. Insistió con notas en el mismo medio hasta que logró –también en 1994- que la Gendarmería devolviera la casa de Santiago 2815, en Rosario, a Iván, el hijo de una pareja de ciegos –María Esther Ravello y Etelvino Vega- que fueron desaparecidos el 17 de septiembre de 1977 por las fuerzas de la represión ilegal.

Fue el primer periodista que leyó la causa Feced –la más emblemática de la represión ilegal en la provincia- en 1996. Denunció también a Jorge Massat, el senador nacional que había puesto Carlos Reutemann en la Cámara alta, por contar con una caja de ahorro de 23 millones de dólares, proveniente de lavado de dinero. Denunció el desguace del Banco Integrado Departamental.

Fue el primer periodista rosarino que empezó a investigar la narcocriminalidad, en 1998. Todo comenzó cuando dos curas villeros a los que él frecuentaba, Edgardo Montaldo y Joaquín Nuñez, le contaron cómo estaba matando la droga a los chicos* de sus barrios.

En 1998 hizo varias tapas del diario El Ciudadano contando cómo la cocaína llegaba por los puertos del Gran Rosario, gracias a informaciones de fuentes policiales de primer nivel. Empezó una investigación que derivó en el libro “Ciudad blanca, crónica negra”, publicado en el año 2000, y reeditado en 2014 con gran éxito.

Del Frade publica sus libros a puro pulmón, sin publicidad en medios masivos que lo recelan por su actitud incorruptible y con un acuerdo de ir a medias en la venta con la editorial.

Del Frade fue, también, el que desnudó el negocio del fútbol en la ciudad, en una serie de investigaciones que derivó en el ocaso de Eduardo J. López tras 14 años en la presidencia de Newell’s.

En los 90, los crímenes de lesa humanidad estaban impunes. Los represores caminaban por la calle, trabajaban en escuelas privadas donde se cruzaban con algunas víctimas o –como el temible José Rubén Lofiego, que había sido jefe de torturadores en el centro de clandestino de detención Servicio de Informaciones- mantenía su puesto de comisario en la policía provincial. Del Frade los denunció sin tregua y sin medir costos. Se convirtió en el periodista más respetado por las organizaciones de derechos humanos. Su trabajo germinó al punto que ha sido convocado como testigo en los juicios que se realizaron en la ciudad de Rosario. Carlos escribió el libro “El Rosario de Galtieri y Feced”, en el que develaba la trama de la represión ilegal y la complicidad de la Iglesia y los empresarios con los militares.

También publicó, en 1994, el libro “Desaparecido, desocupado”, en el que trazaba un paralelo entre la represión ilegal de la última dictadura y la desocupación como método de disciplinamiento social.

En los años 90, mientras el entramado social de la región se iba deteriorando, Carlos sufría los despidos en carne propia. De LT8 lo echaron varias veces. Recuerda con dolor la de 1992, porque estaban haciendo un “buen programa”, con Osvaldo Bazán, Daniel Briguet y el Lobo Nardone, entre otros. Se llamaba “Fuera de Juego”, se emitía por la tarde. Cuando lo sacaron del aire, hubo una manifestación de oyentes pidiendo que siguieran. Entre 1992 y 1996 fue una de las firmas más importantes de Rosario 12, el suplemento de Página 12, ahí develaría la denuncia contra Storni –que tomó estado público nacional varios años después. En 1996 fue comprendido por un retiro voluntario por reducción de personal.

En 2000, Carlos era un nombre fuerte del diario El Ciudadano, que había nacido para competir con La Capital pero terminó siendo absorbida por el grupo empresario que también era dueño de LT8 y LT3 entonces. El 30 de abril de 2000, hubo 30 despidos en El Ciudadano y Carlos lideró la lucha de los trabajadores por su reincorporación, junto al Sindicato de Prensa.

Cuando lo despidieron de todos los medios masivos, Carlos tuvo que convertirse en su propia empresa. Todas las mañanas sostuvo su programa “Sobre la Hora”, por la FM TL; hace programas de televisión por cable en localidades cercanas a Rosario como Álvarez, San Lorenzo y Bigand, escribe notas para la agencia Pelota de Trapo y también sostuvo el programa Sobre la Hora, todos los sábados a la mañana, por radio Splendid, en Buenos Aires, en uno de sus pocos trabajos rentados por la Asociación de Trabajadores del Estado, que responde a Víctor de Genaro.

Un fenómeno notable es cómo, pese a su condición un tanto marginal, Del Frade llena teatros cada vez que presenta alguno de sus libros. Su público lo sigue sin condiciones y repite que Carlos del Frade es “el único en el que cree”.

Carlos hurguetea entre los balances de las empresas para poner de manifiesto las ganancias que se retacean a los trabajadores, busca documentación sobre los daños al medio ambiente, se informa sobre las exenciones impositivas que recibe cada sector y toda esa información la vuelca al aire. Cuando lo critican por no ser estricto al chequear la información, responde con una sonrisa socarrona. “Tengo escritos más de 50 libros y siempre gané todos los juicios que me hicieron”, aclara.

Trincheras

Carlos del Frade siente que si calla, es cómplice, y por eso también, el mismo día que mataron a Maximiliano Quemadito Rodríguez –hijo del líder de una banda narco que había cometido el triple crimen de Villa Moreno- en plena calle Pellegrini, en el macrocentro de Rosario, salió al aire por Radio Nacional y contó lo que sabía: que un funcionario provincial, Marcos Escajadillo, manejaba dinero proveniente del narcotráfico para el partido Socialista.

En 2011 fue candidato a diputado provincial y obtuvo 60 mil votos, una hazaña por afuera de las grandes estructuras partidarias. La ley electoral vigente en la provincia establecía un piso del 3 por ciento de los votos para acceder a la banca, y Carlos, pese a tener una representación proporcional mucho mayor a la de varios diputados electos en listas de partidos grandes, se quedó afuera.

En 2015, el Frente Social y Popular aglutinó a distintas agrupaciones sociales y de izquierda en torno a su figura, y resultó electo, el 14 de junio, con 92.000 votos, al punto que entró también su compañera, Mercedes Meier.

Pasado, presente, futuro

Antes, Carlos tuvo un episodio que le hizo dar cuenta de la fragilidad de la vida: el 10 de mayo corría un maratón de 21 kilómetros y 500 metros antes de llegar a la meta se descompensó. Sufrió tres paros cardíacos, cree que está vivo gracias a la solidaridad de quienes lo rescataron, a una médica (Alejandra Paulasso) que corría cerca de él y a una “energía cósmica”, como le gusta decir. Desde la banca que ocupará desde el 10 de diciembre piensa seguir denunciando y también tiene muchos proyectos. Carlos no renunciará al periodismo nunca jamás.

Después de los tres paros cardíacos que lo mantuvieron muerto durante un par de minutos en la mañana del domingo 10 de mayo de aquel año, Carlos decidió que iba a disfrutar mucho más de su compañera Sandra, también periodista y de sus hijas, Victoria y Lucía.

Antes, a veces, entendía que era más urgente escribir esa nota que hablaba del niño que necesita una lancha para cruzar el Paraná y volver a la escuela, o de las ganancias que los empresarios no quieren volcar en la paritaria de algún sector.

Hoy, sin dejar de ocuparse de esas urgencias, se detiene a hablar con la mayor y mira la novela por las noches con la más chica.

Mientras tanto, prepara los proyectos que llevará a la Cámara de Diputados donde espera hacerse oír.



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