El último vestuario

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Estaba en Firmat, una de las tantas veces que cerraba Vassalli. Era de tarde. Cuando llegaba a la terminal de colectivos, había pibes y obreros llorando. La noticia había sido que la FIFA lo expulsó a Diego del Mundial en los Estados Unidos.

En aquel Mundial, cuando le hizo el golazo a Grecia, fue corriendo hasta la cámara de televisión y su cara se convirtió en un Carpani viviente, síntesis de broncas acumuladas, un ademán de revanchas en cada músculo del rostro único. Le gritaba el gol a los Defensores del Real Valor de la Hipocresía. No se lo perdonaron. Se lo llevaron de la mano y lo dejaron afuera.

El tobillo parecía una pelota de tenis inundada. Pero ahí estaba él. Cruza la mitad de la cancha como puede. Los brasileños no lo pueden parar y cayéndose le da el pase al Cani. Darlo todo, a pesar de los pesares y los dolores. Era el Mundial de Italia.

Y ahí está, llorando la final perdida. Besándose la camiseta. Sin ocultar nada. La derrota duele por ese fenomenal amor que Diego sentía por esa camiseta. El amor y el dolor son paridos en el mismo lugar. Las derrotas argentinas con Maradona eran distintas. Había orgullo. No importaba nada si se jugaba horrible. En ese dolor, mucho amor. Y eso queda en las imágenes. No se repiten solamente en la cabeza. Vuelven a pasar por adentro.

En la Marcha Federal, cuando llegamos al Congreso, el cartel de la muchachada de ATE Santa Fe era hermoso: la cara de Diego, recién expulsado del mundial hecho en el imperio, y la leyenda “el sueño todavía no terminó”.

-Tango, Maradona y desaparecidos – así sintetizaba el personaje de Vázquez Montalbán en la novela “Quinteto de Buenos Aires”, la identidad de la Argentina. Hoy se siente algo de eso.

Supongo que necesitaba estar dentro de una cancha de fútbol y por eso se puso a dirigir Gimnasia. Que no podía estar lejos ni de la pelota, de las tribunas, los vestuarios y el universo dominguero que se prende y muere en noventa minutos. Que se lo veía mal pero que él, como siempre, quería seguir, quería escuchar el Maradó…Maradó… ¿Cuál habrá sido el último sueño? ¿Habrá podido hablar con ese pibito que soñaba con jugar en la selección y ganar un mundial?

El tipo no pudo hablar en la comisión de los asuntos de las personas que todos los días le dan cuerda al mundo. Mucha gente querida partió para algún lugar del universo en este año terrible que todavía no termina. El tipo no pudo hablar pero no puede dejar de conmoverse cuando una de sus hijas sube la foto de Diego y Fidel y siente que, en algún lado, todavía, se gritan goles que valen mucho más que un campeonato.

Como tantas veces dijo Dolina, uno quería que gane Diego. Porque los límites de la cancha no son los metros que pontifica el reglamento. La cancha del fútbol empieza ahí pero termina en el tumultuoso mundo íntimo de la gente. Quizás por eso hablemos de los temas más importantes en las canchas o viendo un partido confesamos lo inconfesable al mejor amigo que nos dio el cosmos. Chau Diego, quizás te encuentres con Pino y nos regalen la segunda parte de “La Argentina latente”.

Quizás Diego encontró el mejor vestuario para descansar y volver a la cancha grande de la historia siendo millones, al selecto vestuario del alma popular. Ahí si lo van a cuidar, seguro que lo van a cuidar.

Perderé y seré millones

-Nos dio muchas alegrías – dicen las voces sinceras que despiden a Maradona en medio de una tristeza popular muy parecida a la sentida cuando murió Perón.

No fue posible gambetear el último guadañazo.

Ya el físico no tenía la increíble magia de vencer las leyes de la inercia y la gravedad.

Claro que es cierto lo de la alegría.

Pero quizás el dolor, hermano del amor, tenga que ver con la forma que Diego nos mostró cuando perdía.

Llorar a mares, mostrarlo sin vergüenza después de haberlo dejado todo en la cancha chica del fútbol.

Y del otro lado, en las tribunas siempre llenas de las mayorías que pueblan la cancha grande de la historia y la realidad, millones y millones pierden todos los días porque el sistema enseña que los ganadores deben ser muy poquitos.

Pero ahí están las imágenes de Diego.

Lloraba a mares porque había dejado todo para pelear hasta el final.

Quizás por eso millones y millones saben que Maradona es una partecita de cada una de esas personas.

Porque sabía perder como nadie y, como los nadies de esta tierra, al otro día se levantaba para seguir buscando el gol sobre la hora.

Porque el verdadero triunfo está en esa porfiada tozudez de insistir en que la felicidad será alcanzada por las grandes mayorías.

Cuando las reglas de juego cambien en la cancha grande de la historia y la realidad.

Será entonces que Diego volverá y será, como ahora, millones.

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