De Massa a San Martín

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Por Carlos del Frade

– 172 años después de la muerte de San Martín, padre de la patria cuyo cuerpo recién fue traído tres décadas después de su viaje a la pampa de arriba -señal evidente que no lo querían por sus ideas políticas y económicas que puso en práctica en Cuyo, Chile y Perú-; viene bien establecer diferencias con el actual superministro Sergio Massa, fotografiado a los pocos días de asumir con la bandera del imperio y prometiendo hacer de la Argentina una fábrica de dólares.

Bartolomé Mitre, el inventor de la historia oficial argentina, escribió en “Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana”, que el programa político llevado adelante por el correntino en Cuyo era un “plan cooperativo económico militar”.

“Se solicitaba todo en auxilio, y luego se devolvía (carretas, caballos, mulas, semillas)” y se exigían “contribuciones ordinarias y extraordinarias”, sostuvo Mitre.

“Secuestró los bienes de los prófugos; se recogieron los capitales a censo pertenecientes a manos muertas, usando de sus intereses; impuesto general según el capital de cada individuo, previo catastro (cuatro reales por cada mil pesos de capital); contribución extraordinaria de guerra pagadera en cuotas mensuales; se expropiaron los diezmos; se gravaron los barriles de vino y aguardiente; propiedad pública de las herencias españolas; los trabajos públicos se hacían gratuitamente”, enumeró Mitre en una perfecta descripción de un estado que expropia riquezas según las necesidades políticas del proyecto de liberación nacional al mismo tiempo que da trabajo e iguala a los gauchos, indios con los ex representantes de la oligarquía nativa cuyana.

“A la idea del bien común y a nuestra existencia, todo debe sacrificarse. Desde este instante, el lujo y las comodidades deben avergonzarnos”, decretó el gobernador San Martín.

Mitre señaló que “durante tres años el gobierno fomentó la instrucción pública, se mejoraban los canales de regadío y se propagaba por primera vez la vacuna”. A los curas “les recomendaba que en sus pláticas y sermones hiciesen ver la justicia con que la América había adoptado el sistema de la libertad. Los tuvo que ajustar varias veces por medio de circulares”, apuntó el creador del diario “La Nación”.

Según Ricardo Rojas, otro de los historiadores oficiales de San Martín, “reglamentó el trabajo social en el sentido de suprimir la vagancia, el juego y el delito; creó los decuriones que eran alcaldes de barrios, con amplias facultades para mantener el orden instituido por él” y “el cabildo se convirtió en un cuerpo semejante a una legislatura”.
Para el equipo de investigación que conducía Rodolfo Walsh, “San Martín sentó en Cuyo las bases de una economía independiente, aunque no cerrada y si la Argentina hubiera sido gobernada con el criterio que él usó para crear su Ejército de Los Andes, otro hubiera sido el destino nacional”.

De otro modo, “San Martín no hubiera podido instalar en Mendoza una fábrica de pólvora, una fundición de artillería en la que 300 obreros trabajaban en 7 fraguas, un batán para tejer las telas de los vestuarios, una fábrica de tintas para dar color a los uniformes, e inclusive aplicar la fuerza motriz del agua al batán y el laboratorio de explosivos. En todas estas empresas los trabajadores fueron organizados dividiendo sus tareas y coordinándose en un plan de producción”.

De acuerdo a este punto de vista, “el mismo sentido tiene la reunión concertada en Mendoza de alimentos, animales, tejidos, monturas, capitales, técnicos y mano de obra proveniente de San Luis, San Juan, La Rioja, Corrientes, Córdoba y Buenos Aires; la liberación de los esclavos para que sirvieran al ejército; las explotaciones ganaderas y agropecuarias a cargo de la Intendencia en tierras de particulares; la confección del vestuario distribuyendo su corte y costura entre sastres y mujeres voluntarias que trabajaban bajo un programa coordinado; la recolección en almacenes de ropa vieja que luego se usaba para forrar el calzado; la construcción de 20 mil herraduras para mulas y caballos; la nota de San Martín al gobierno de Buenos Aires en diciembre de 1816 pidiendo que se suprimieran los impuestos a los licores cuyanos y se gravaran los importados para proteger la industria.

Un completo programa de economía que, asentada en el desarrollo del mercado interno, fomentara la industria regional, generara inclusión social y sentara las bases para el crecimiento y la exportación.

En Perú, años después, siguió con estos conceptos políticos económicos. Los mismos se vieron reflejados en el llamado Reglamento de Comercio. Allí dispuso la duplicación de los derechos de importación sobre los artículos que pudieran competir con los del país; eliminó aduanas interiores; decretó que sólo los peruanos podían ejercer el comercio minorista; prohibió la exportación de metálico; rebajó las tasas aduaneras a los barcos de bandera peruana o americana y creó un banco presidido por el ministro de hacienda, con accionistas particulares nativos y sus fondos se mantuvieron siempre separados del gobierno. “El banco peruano debió cerrar por la oposición del comercio inglés y el Reglamento de Comercio fue modificado por la presión de los mismos intereses cuando San Martín se alejó del Perú”, remarcaron los integrantes del centro de estudios “Arturo Jauretche”.

Para ellos, todos estos hechos “indican que San Martín percibía la estrecha relación entre independencia económica y defensa nacional cuando estos temas no habían sido estudiados aún por ninguna escuela científica ni militar”.

Artigas y San Martín representaron los intereses de las mayorías sociales.

Se convirtieron en sus líderes políticos y sus medidas económicas desde los estados creados impulsaron respuestas concretas para satisfacer las necesidades existenciales de la gente que se jugó la vida detrás de estos dirigentes populares.

La aplicación de estos proyectos políticos, económicos, sociales y educativos generó el rechazo del grupo dominante que se hizo cargo de los resultados de la guerra por la liberación nacional luego de 1816.

De allí que ambos fueran exiliados, desterrados y posteriormente falsificados de acuerdo a los intereses de diferentes grupos de poder, fundamentalmente las fuerzas armadas de Uruguay y Argentina.

Los que siguieron a San Martín y Artigas tenían entre quince y sesenta años.

Ellos abandonaron todo lo material en pos de concretar aquellos proyectos colectivos basados en esas ideas políticas y económicas.

Los que hoy no siguen a nadie, los más castigados por el modelo que se aplica en estos arrabales del mundo, también tienen entre quince y sesenta años.
Pero no saben casi nada de las ideas políticas que hicieron de San Martín un líder popular.

172 años después de la muerte del general correntino, soñador tozudo de la Patria Grande, es necesario repasar aquellos hechos y compararlos con las propuestas de Sergio Massa.

Simplemente para tomar conciencia de aquellos ideales y estas dependencias.