La sangre derramada de los pibes

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 “…en los últimos 8 años en el departamento Rosario hubo al menos 166 homicidios con víctimas menores de 18 años. De esos casos, 112 fueron víctimas del uso de armas de fuego. Para ponerlo en porcentajes, casi el 10% de las víctimas de las 1.737 muertes dolosas en ese período tuvieron como víctimas a menores”, dice la información.

La ex ciudad obrera, portuaria, ferroviaria e industrial, hoy tiene mucha, demasiada sangre joven derramada en sus barrios.

Agrega la nota citada que “el pico de casos se dio en 2013, en consonancia a la cifra general más alta registrada en el departamento Rosario que fue 271 homicidios dolosos. Ese año fueron al menos 35 crímenes, 24 de los cuales tuvieron a los menores como víctimas letales mediante el uso de armas de fuego. A partir de entonces disminuyeron hasta registrar 16 casos en 2020, 13 de ellos producidos con armas. Y en lo que va de 2021 ya se contabilizaron 7 hechos. El dato que grafica una característica clave de este problema es que todos, sin excepción, ocurrieron en los barrios periféricos de la ciudad y la zona”, marca con lucidez el periodista.

Otros 17 homicidios de esos 166 podrían considerarse consecuencias de conflictos pero mediante otras modalidades como el uso de armas blancas, casas incendiadas intencionalmente o golpes en riñas. En tanto la muerte de niños menores de 10 años en contextos violentos de distinta índole y por diversos medios —como ataques contra viviendas o contra familiares— se dieron en al menos 13 casos.

La cifra total aumenta considerablemente si el rango de edad se extiende para abarcar desde los 18 a los 21 años. En ese caso se registraron en el mismo período 2013/2021 al menos 266 homicidios. De ese total 228 respondieron a conflictos con víctimas fatales mediante el uso de armas de fuego. Si se suman ambas franjas de edad el número total sube a 432 personas de hasta 21 años fallecidas en situaciones violentas.

Pibas y pibes, consumidores consumidos, soldaditos inmolados en el altar del dios dinero, el verdadero corazón de dos de los negocios más grandes del capitalismo: narcotráfico y contrabando de armas.

En uno de los barrios, el sacerdote Claudio Castricone, cristiano de verdad, de los que quieren echar a los mercaderes del templo y terminar con los crucificadores, dice palabras que explican en profundidad lo que sucede en los barrios de la ex ciudad obrera.

Me produce un profundo dolor. Por la víctima pero también por el victimario. Entre todos hemos construido una sociedad que no contiene. ¿Por qué terminan estos chicos siendo sicarios? Porque no se les brindó educación. Pero no porque no estuvieran las escuelas, que están, sino porque el sistema educativo muchas veces para nuestros pibes es expulsivo. Ni que hablar de lo laboral. Si hubiesen tenido un laburo donde más o menos pudieran ganarse unos mangos no caen en esto. Acá lamentablemente la fuente de trabajo la da el narcotráfico en nuestro barrio, marca Castricone.

Agrega que la pibada en los barrios “busca su lugar. No sé si se plantean ´la sociedad nos expulsa´. Pero sí que su lugar es la esquina. Y también en esto de la violencia y el narcotráfico, en el ser sicarios encuentran su lugar de pertenencia, donde se sienten importantes. Entonces más que pensar “me expulsa la sociedad”, buscan un lugar concreto de encuentro. Y eso es también a lo que apostamos, a que éste sea su lugar de pertenencia. Por eso digo también que las escuelas no tienen que ser expulsivas y pensar, al menos en estos barrios, en el pibe concreto que tiene. No digo regalar la nota o un título a nadie, pero sí tener más creatividad para que las materias les gusten y que las entiendan”, finaliza.

La sangre joven de las pibas y los pibes es el resultado del negocio desbocado, de la desarticulación de una ciudad que no supo darle oportunidades a las chicas y los chicos y que hoy parece resignada a ver cómo se concentran y extranjerizan las riquezas.

Es necesario multiplicar a gente como Castricone, de aquellos cristianos que tienen conciencia que hay muchos Herodes contemporáneos, hijos directos de los que miran para otro lado cuando son los crucificadores los que se multiplican.

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