Por Carlos del Frade.
140 años se cumplen de la huelga de Chicago por ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso y amor y ocho horas de estudio. En la Argentina crepuscular del tercer milenio la mayoría de las personas necesitan más de un empleo para empatarle a las necesidades cotidianas y por lo tanto secuestran el tiempo existencial en pos del dios dinero cada vez más desconocido. Casi no hay tiempo para vivir. Se vive para trabajar. De allí la tremenda cifra de los últimos años: ocupados demandantes 2.407.000 personas. En el Gran Santa Fe, 17 mil personas y en el Gran Rosario, 126 mil personas. Aquellas ocho horas del primero de mayo de 1886 hoy son una lejana ilusión. Aunque en el mundo haya países de jornadas laborales de seis horas y semanas de cuatro días de extensión. La Argentina de Milei avanza hacia el siglo dieciocho.
En el país que supo construir con cientos de luchas uno de los derechos laborales más admirados del mundo, cada vez es más habitual que quienes buscan ganarse la vida, la pierdan trabajando. Las últimas cifras publicadas por la Superintendencia de Riesgos de Trabajo dicen que en 2025 hubo 536.140 personas lastimadas o enfermas como consecuencia de las condiciones medioambientales laborales, un promedio de 1.468 accidentes laborales diarios, 61 por hora, es decir un accidente o enfermedad laboral por minuto en el país cuya legislación obrera era orgullo y produjo el odio eterno de las clases dominantes. En la provincia de Santa Fe, exportadora anual por 16 mil millones de dólares de productos propios, hijos del trabajo de su gente, hay un accidente laboral cada doce minutos y el 17 de agosto de 2025 nada menos que cinco obreros murieron juntos en el mayor crimen laboral de la democracia.
Aquella huelga del primero de mayo de 1886 tenía clara la necesidad del estudio y del cuidado de las mujeres y la niñez. En la Argentina que se desvanece como consecuencia de la profundización del saqueo, el 50 por ciento de las personas desocupadas son mujeres y hombres menores de 30 años. Una vez más la lógica del sistema de los últimos cincuenta años: 6 de cada diez desaparecidos eran menores de 35 años; 6 de cada diez desocupados lo son y 6 de cada diez detenidos en las cárceles de las cinco provincias más grandes (Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Tucumán y Mendoza) son menores de 35 años. El triple 6 de la metáfora bíblica de la bestia apocalíptica que aquí, sin embargo, no tiene colores metafísicos: es consecuencia de los intereses dueños del sistema en estos atribulados arrabales del mundo. Y la mayor cantidad de personas desocupadas tienen secundaria completa, dice la última Encuesta Permanente de Hogares.
Louis Lingg, uno de los mártires de Chicago, tenía solamente veintitrés años. Cuando le tocó hablar ante la Corte, sostuvo: “Repito que soy enemigo del orden vigente y con todas mis fuerzas, repito que mientras aliente un soplo de vida lo combatiré. Declaro otra vez, franca y abiertamente, que soy partidario de los métodos de fuerza. He dicho y lo sostengo que si vosotros empleáis contra nosotros fusiles y cañones, nosotros emplearemos contra vosotros la dinamita. Os reís probablemente porque estáis pensando ya no arrojarás más bombas. Pues permitidme que os asegure que muero feliz porque estoy seguro de que los centenares de obreros ante quienes he hablado recordarán mi palabra y, cuando hayamos sido ahorcados, ellos harán estallar la bomba. ¡Os desprecio!. ¡Desprecio vuestro orden, vuestras leyes, vuestra autoridad sostenida por la fuerza!. Ahorcadme por esto”. -Ya he expuesto mis ideas. Ellas constituyen una parte de mi mismo. No puedo abominar de ellas, ni tampoco lo haría aunque pudiese. Y si pensáis que habréis de aniquilar esas ideas que día a día ganan más y más terreno, enviadnos a la horca. ¡Si una vez más aplicáis la pena de muerte por el delito de atreverse a decir la verdad –y os desafiamos a que demostréis que hemos mentido alguna vez- yo os digo que si la muerte es la pena que imponéis por proclamar la verdad, entonces estoy dispuesto a pagar tan alto precio, orgullosa y bravamente!. ¡Llamad a nuestro verdugo, ahorcadnos, la verdad crucificada en Sócrates, en Cristo, en Giordano Bruno, en Galileo, vive aún. Estos y muchos otros nos han precedido en el pasado. Estamos presto a seguirlos – dijo Auguste Spies, ante el tribunal, en noviembre de 1887. George Engel, en su alegato ante la Corte, dijo el 11 de noviembre de 1887, “¿En qué consiste mi crimen?. En que he trabajado por el establecimiento de un sistema social donde sea imposible que mientras unos amontonan millones, otros caigan en la degradación y la miseria. Así como el agua y el aire son libres para todos, así la tierra y las invenciones de los hombres de ciencia deben ser utilizados en beneficio de todos. Vuestras leyes están en oposición con las de la naturaleza y mediante ellas robáis a las masas el derecho a la vida, a la libertad, y al bienestar…desprecio el poder de un gobierno inicuo, desprecio a sus policías y a sus espías. En cuanto a mi condena, que fue alentada y decidida por la influencia capitalista, nada más tengo que decir”. Ciento cuarenta años después, esas voces, esas realidades, habitan en las urgencias de las mayorías, de los trabajadores, de los que le dan cuerda todos los días al motor íntimo de la historia y el mundo.