Al gran pueblo argentino, veneno

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 El 11 de enero de 2017, a través del decreto 29/2017, el presidente Macri facultó al Ministerio de Finanzas a tomar deuda por hasta 20.000 millones de dólares o su equivalente en otra moneda y definió la prórroga de jurisdicción a favor de tribunales sitos en Nueva York y/o Londres.

Acto seguido, dejó constancia de la renuncia de la Argentina a la defensa de la inmunidad soberana y excluyó de este desistimiento a las reservas del Banco Central, los bienes diplomáticos, la herencia cultural, los depósitos bancarios, valores y otros medios de pago. Sin embargo, el decreto nada dice en su cuerpo central de los bienes comprendidos en el artículo 236 del Código Civil. Incluso en el Anexo, de más de 400 páginas, termina incluyendo expresamente los recursos naturales, como prenda, en el caso de que la Argentina no pueda afrontar el pago de los intereses o del capital de la deuda.

Mientras los bienes naturales sirven de garantía de pago para los bancos internacionales y el veneno se usa para intensificar los negocios, decenas de organizaciones ambientalistas siguen exigiendo que se pare de fumigar. No solamente defienden la tierra, sino también a las maestras, las pibas y los pibes que intentan educar y aprender en medio de las fumigaciones.

El veneno mata con impunidad. Prohibir su uso parece prohibido para muchos gobiernos provinciales.

-Éramos una familia numerosa… tenía siete hijos, seis varones y una mujer y desde entonces estamos sufriendo múltiples fumigaciones, que secan los árboles, enferman los animales y también mueren. Como si fuera poco, en febrero del 2016 falleció mi esposo, Pedro Oroño con 68 años un hombre sano y fuerte que siempre trabajó en el campo, producto no sabemos de qué, porque en 15 días tuvo una enfermedad en el hígado con una contaminación y falleció. A eso se agregó que a los cinco meses y 20 días fallece uno de mis hijos de 29 años en sólo una semana. Él trabajaba en una empresa agropecuaria de San Justo, no estaba directamente con los agroquímicos pero si trabajaba en la siembra. Los médicos dijeron que era una enfermedad rara, que era una anemia crónica y en una semana falleció. Fue muy doloroso, porque sabemos que hay mucha gente enferma, que hay mucha gente con enfermedades, con tumores, enfermedades en la piel y respiratorias. No es que una esté en contra de los productores agropecuarios, yo era feliz cuando mis hijos trabajaban en el campo…Eso termina arruinando la tierra y contaminando el agua de los ríos de los arroyos. Estamos sufriendo las fumigaciones y están desapareciendo los animalitos del campo (sapos, perdices, liebres y todo lo que había comúnmente en el campo que ya no se ven más), además se secan los árboles y las plantas – dice Rosa Mohylnyj que en diciembre de 2017 dio su testimonio ante los asesores de las comisiones de Salud, Agricultura y Medio Ambiente de la Cámara de Diputados de la Provincia de Santa Fe.

Arturo Serrano, médico rural de Santo Domingo -departamento Las Colonias-, sostuvo que vive desde más de treinta años en ese pedacito de la fenomenal geografía santafesina.

“Vine con muchas expectativas a respirar aire puro del campo y a tener tiempo para poder leer que es una de mis pasiones. Fue un diagnóstico totalmente desacertado. Ni hay aire puro en el campo actualmente por las contaminaciones con los agroquímicos, ni tampoco hay tiempo para leer porque la demanda poblacional es muy elevada, porque tenemos que atender otras poblaciones que no tienen médicos estables. Cuando vine, la mortalidad por cáncer era uno, dos o tres pacientes por año. Se morían unas 15 o 20 personas pero sólo el 20% se moría de cáncer. Me empezó a llamar la atención que a partir de la década del 90 se incrementa exponencialmente la mortalidad por cáncer. Entonces, me puse a hacer un estudio restrospectivo desde 1990 hasta 2010 y encontré que la mortalidad se incrementó 350%. Pasaron de morir una, dos o tres personas por año a siete u ocho, es muchísimo. Después de que cerré todo ese registro hubo un año que murieron 14 personas por cáncer solamente… a esta altura estamos absolutamente convencidos y no hay que probar más que todas estas enfermedades y consecuencias vienen por parte del manejo despiadado y obsceno de los agroquímicos” sostuvo el profesional.

Por su parte, Diego Fernández es productor agropecuario desde hace treinta años en la zona de Bouquet, departamento Belgrano, provincia de Santa Fe.

“Tengo un campo de 150 hectáreas y hace 11 años empecé el camino de la ecología. Ahora tengo 50 hectáreas certificadas orgánicas, además hacemos agricultura biodinámica que es una de las formas de la agricultura ecológica y vamos sumando cada vez más. Ahora estamos llegando a las 80 hectáreas, más de la mitad del campo. La idea es transformarlo todo…Va a rendir un poco menos, pero vas a tener dos ventajas: Primero la calidad va a ser superior, hace tres años tengo demostrado que el trigo que produzco en forma ecológica tienen más gluten y más proteínas que es lo que se necesita por las harinas y para la producción. La otra cuestión es que si certificás (que no es necesario, sólo si querés exportar o vender a alguien que necesita la certificación) vas a tener un valor extra: el grano vale entre 80 y 100% más y eso compensa cualquier menor rinde. Y todo este sistema no sólo es posible sino que es necesario. Es necesario porque estamos destruyendo el suelo, y es algo que no vemos pero que es así. Necesitamos urgente que se apoye a la gente que produce de forma agroecológica, porque a mí me ha costado mucho en diez años, solo y sin asesoramiento, poder cambiar mi forma de producir. Pero hoy necesitamos que el estado a través de diferentes formas, principalmente a través del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), se ponga a la cabeza de mostrar que es posible la agroecología y que es necesaria” afirma.

El sistema extractivista, impuesto en la Argentina hace décadas, mata y enferma la tierra, el agua, el aire y las personas. Sin embargo hay alternativas concretas como la agroecología. La necesaria transformación supone un mínimo gesto de emancipación: escuchar y leer estos relatos y obrar de tal modo que en el altar de la vida cotidiana deje de estar instalado el dios dinero. De eso se trata.

Fuente: “La Forestal. Una historia que continúa”, de Oscar Ainsuain y el autor de esta nota.

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