Aquellos cantitos del combate de San Lorenzo

Carlos del Frade, de su libro “Peones heroicos”, a 213 años de aquel hecho político de independencia y Patria Grande, todo lo contrario al proyecto de Javier Milei, dependencia y patria chica.

-¡Viva el rey! -gritaban los españoles que desembarcaron en las barrancas de San Lorenzo aquel 3 de febrero de 1813.

-¡Viva la revolución! -contestaron los granaderos y los sesenta milicianos populares rosarinos que venían comandados por Celedonio Escalada.

Cuenta el historiador Miguel Angel De Marco hijo que “el 9 de octubre de 1812, los realistas habían saqueado San Nicolás y dado muerte al presbítero Miguel Escudero; tres días más tarde, cinco buques habían pasado frente a Rosario, cuyo vecindario huyó a las estancias cercanas. Para defenderse, el comandante militar sólo contaba con treinta fusiles en malas condiciones”.

El 3 de febrero, coinciden distintas fuentes históricas, el combate fue breve pero sangriento.

Es llamativo el grito por la revolución que caracterizó a los granaderos y a las milicias populares rosarinas.

La revolución era una palabra que adquirió sentido en el programa de la primera junta de gobierno, el llamado Plan de Operaciones, escrito por Mariano Moreno a sugerencia de Manuel Belgrano.

“…¿qué obstáculos deben impedir al gobierno, luego de consolidar el estado sobre bases fijas y estables, para no adoptar unas providencias que aún cuando parecen duras para una pequeña parte de individuos, por la extorsión que pueda causarse a cinco mil o seis mil mineros, aparecen después las ventajas públicas que resultan con la fomentación de las fábricas, artes, ingenios y demás establecimientos a favor del estado y de los individuos que las ocupan en sus trabajos?”, se preguntaba y proponía, al mismo tiempo, Mariano Moreno, el primer desaparecido de la historia nacional.

Un estado libre, independiente y nuevo que se erige como motor del desarrollo económico yendo en contra de las riquezas agigantadas en pocos individuos para luego distribuirlas.

Moreno, además, sostenía el “sistema continental” de la “gloriosa insurrección”.

La aparición de San Martín y su relación con el  cura Navarro y el comandante popular Escalada genera un puente entre los proyectos personales y colectivos.

Navarro seguirá haciendo pastoral política junto a los que buscan la liberación en aquel primer ejército popular latinoamericano en operaciones, el de los Andes y Escalada, felicitado por San Martín, será declarado “ciudadano americano de las Provincias Unidas del Río de la Plata”, por la asamblea constituyente de aquel año 1813. Los paisanos que sangraron en San Lorenzo junto a San Martín, Navarro y Escalada, seguirían fieles a su proyecto colectivo de transformación.

Por eso el rancherío sería incendiado por los ejércitos de Buenos Aires.

Porque los pueblos del Litoral seguían, porfiadamente, adhiriendo a la revolución política y social que proponía Artigas.

Y allí, en medio de ellos, estaba el esclavo negro y peón de campo, Juan Bautista Cabral.

El peón heroico

-Déjenme, compañeros. ¿Qué importa la vida de Cabral?. Vayan ustedes a pelear que somos pocos – fue la frase que dijo Juan Bautista Cabral, según entiende el fraile Herminio Gaitán del convento San Carlos de San Lorenzo en su investigación sobre el combate.

Dos horas después, según el sacerdote historiador, en el refrectorio del monasterio – utilizado en ese momento como banco de sangre y sala de primeros auxilios- repitió la frase antes de morir.

Para el investigador Norberto Galasso, en su imprescindible “Seamos libres. Vida de San Martín”, en cualquier caso, “lo más probable es que en el soldado correntino, en situación de muerte, haya brotado espontáneamente su lengua originaria por encima de la educación, prejuicios y modales y entonces haya dicho: Avyá amanó ramo yepé, ña jhundi jheguere umí pytaguá, expresión guaranítica de la frase que pasaría a la historia. Así lo sostiene criteriosamente Fray Herminio Gaitán: “palabras dichas en guaraní”. También razonablemente, Gaitán sostiene que San Martín las escucha y las traduce, luego, al español, cuando las incorpora al parte de batalla, pues es tan natural que San Martín no dominase el idioma inglés, como que entendiese el guaraní”, sostiene el historiador.

Y agrega en tono de reflexión: “Alguien probablemente, reste importancia a estas últimas circunstancias –Cabral, hablando guaraní y San Martín, entendiéndolo- pero, sin embargo, son reveladoras de la óptica con que se ha escrito nuestra historia, óptica europeizante y denigratoria de lo nativo, a la cual disgusta que sean dos correntinos, expresándose en el viejo idioma nativo, quienes protagonicen un episodio épico y prefiere, por tanto, limarle esas aristas pues, por supuesto, la Argentina la hicieron los rubios de ojos azules, directores de las empresas ferroviarias, frigoríficos, compañías de seguro, etcétera”, sostiene Galasso.

Según su estudio, Cabral sería hijo natural de don José Jacinto Cabral y Soto y de la morena Carmen Robledo que luego se casó con el también moreno Francisco que lleva el apellido Cabral, por ser también servidor de esa antigua familia.

Tal vez por esta razón otras fuentes lo dan como hijo de los dos esclavos, Carmen y Francisco, pues su nacimiento es anterior a la ley de libertad de vientres y de raza negra.

Hay una carta de don Luis Cabral, su amo, del 4 de diciembre de 1812, donde se refiere “a la situación de nuestro negro Juan Bautista…que en su carta me pide le escriba a San Martín para que lo baje a la infantería porque en la caballería corre peligro” (los negros integraban habitualmente la infantería pues no se caracterizaban por ser buenos jinetes, por lo cual el pedido tiene fundamento), apunta Galasso.

Añade que no contrajo matrimonio y en su condición de esclavo desempeñaba funciones de peón. “Suponemos que se integró al cuerpo de granaderos al fundarse éste –es decir, pocos meses antes del combate- y que desde Buenos Aires le pidió al amo que intercediera ante San Martín, como surge del fragmento de carta que reproducimos. A los veinte años declaraba, por único patrimonio, un caballo rosillo con la marca de don Luis Cabral y una sortija de oro en poder de doña Tomasa”.

Finalmente, Cabral no era sargento.

-Informo que el granadero Juan Bautista Cabral…- decía el parte de guerra de San Martín.

“Era simplemente un granadero sin rango”, escribió el sacerdote Gaitán.

-Al soldado Juan Bautista Cabral. Murió en la acción de San Lorenzo, el 3 de febrero de 1813 – decía una placa que mandó colocar el propio San Martín sobre la puerta del cuartel de Retiro en un tablero de forma oval.

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