LA RIQUEZA EMPOBRECE (PRIMERA PARTE)

Mariano Moreno

Y la palabra riqueza surge de manera contemporánea, también en aquella edad media de castillos, oscuridad y murallas, de la alianza permanente entre la espada y la cruz, en el mismo año 1140 y en el mismo texto.

El verbo enriquecer, en cambio, aparecerá recién en el año 1250.

La palabra pobreza, en tanto, es del año 1220, citada en los menesteres de Gonzalo de Berceo.

Un verdadero personaje, este monje Gonzalo de Berceo. Sus biografías señalan que “a principios del siglo XIII, el monasterio de San Millán atravesaba un periodo de decadencia de su antiguo esplendor, que el poeta intentó combatir con sus escritos, que fomentaban la devoción, las peregrinaciones y las donaciones en torno a las reliquias de los santos que celebra y que conservaba el monasterio; debió fallecer ya a mediados el siglo XIII, después de 1264.vBerceo fue el más importante representante del mester de clerecía. Depuró el idioma castellano, en su variedad dialectal riojana, para lo cual trasvasó numeroso vocabulario desde el latín (cultismos) y recurrió a fórmulas de la literatura oral tradicional y del mester de juglaría. En su trabajo como notario eclesiástico, y con la intención de paliar la decadencia del monasterio, llegó incluso a falsificar documentos para conseguir que los reacios campesinos pagaran sus contribuciones al mismo”, apuntan sus historiadores.

Esa cita nos importa por la cuestión en juego, se llega a falsificar documentos para obtener donaciones con el objetivo de superar situaciones de pobreza.

No es casual que en ese siglo trece es cuando surge la palabra donación, del latín antiguo donarium, “aplicado al mejor de los dones naturales, la gracia”, sostiene Corominas.

Esta aventura por la historia de las palabras irrumpe en el presente argentino.

La riqueza empobrece e impone la necesidad de donar porque entiende que esa concentración de poder económico en pocas manos es una gracia natural.

Por eso hay muchas voces que justifican las “donaciones” y no quieren saber nada con los gravámenes a la riqueza.

El verbo empobrecer, la deliberada construcción de la pobreza, surge en el año 1495, cuando surge el primer diccionario escrito por Antonio Nebrija, también creador de la primera gramática española.

Siempre llama la atención que la fecha del primer diccionario sea tres años después del inicio de la conquista de América, cuando empieza el desarrollo del capitalismo en Europa.

En ese amanecer del capitalismo, entonces, tiene su origen la acción del empobrecimiento.

La riqueza funda la pobreza.

La historia de las palabras nos marca esa prelatura.

Primero fue la riqueza y luego, el empobrecimiento.

No es verdad que pobres hubo siempre.

Ni siquiera es así en la conformación de las palabras y el idioma.

Riqueza, primero, empobrecer, después.

Esa es la secuencia.

Fuentes consultadas: “Breve diccionario etimológico de la lengua castellana”, de Joan Corominas, Gredos, octava edición, Madrid, España, 1997.

Moreno, desaparecido por descontentar la riqueza.

“…Se pondrá la máquina del Estado en un orden de industrias, lo que facilitará la subsistencia de miles de individuos”, escribe Mariano Moreno en el Plan de Operaciones, el programa político de la revolución de mayo.

El dinero saldrá de los dueños de la tierra.

No será por donación.

Será a través de impuestos y gravámenes.

“Esto descontentará cinco o seis mil individuos pero las ventajas habrán de recaer sobre ochenta mil o cien mil…¿Qué obstáculos deben impedir al gobierno, luego de consolidar el Estado sobre bases fijas y estables, para no adoptar unas providencias que aun cuando parecen duras para una pequeña parte de individuos, por la extorsión que pueda causarse a cinco o seis mil mineros, aparecen después las ventajas públicas que resultan con la fomentación de las fábricas, artes, ingenios y demás establecimientos a favor del Estado y de los individuos que las ocupan con sus trabajos?…después de conseguidos los fines, se les recompensará a aquellos a quienes se gradúe agraviados, con algunas gracias o prerrogativas”, escribió el secretario de la junta revolucionaria que fundará el sueño que luego sería la Argentina.

“Es máxima aprobada que las fortunas agigantadas en pocos individuos, a proporción de los grande de un Estado, no sólo son perniciosas, sino que sirven de ruina a la sociedad civil, cuando no solamente con su poder absorben el jugo de todos los ramos de un Estado, sino cuando también en nada remedian las grandes necesidades de los infinitos miembros de la sociedad; demostrándose como una reunión de aguas estancadas, que no ofrecen otras producciones sino para el terreno que ocupan pero que si corriendo rápidamente su curso bañasen todas las partes de una a otra, no habría un solo individuo que no las disfrutase, sacando la utilidad que le proporcionase la subsistencia política, sin menoscabo y perjuicio”, sostuvo Moreno.

El 18 de diciembre de 1810, la Junta expulsó al secretario, calificado de descamisado, alucinado y rencoroso.

-Ya está embarcado y va a morir – dice el sacerdote Azcurra, en Oruro.

El 24 de enero inicia su viaje hacia Gran Bretaña.

Guadalupe Cuenca, su compañera, recibe un “fúnebre obsequio”, un abanico de luto, un velo y un par de mitones negros.

El 4 de marzo de 1811, luego de ser envenenado, es arrojado al mar, “mientras como siniestra ironía en lo alto del buque flamea la bandera británica. Cuando la noticia se conoce en Buenos Aires, circula “la voz generalmente repartida de que ha sido envenenado”, cuenta Norberto Galasso.

Fuentes: “Plan de Operaciones”, Mariano Moreno. “El sabiecito del sur”, de Norberto Galasso, Ediciones del Pensamiento Nacional, Buenos