Pibas y pibes en 36 años de democracia

Pibas y pibes

Quizás su nombre era Mario. No tenía treinta años pero parecía que orillaba el medio siglo. Era hachero y dormía en la tierra. Pero soñaba con jugar de nueve en Boca y gritar un gol en la bombonera repleta. En un bosque de eucaliptos en cercanías de Sancti Espíritu, en el sur de Santa Fe, guardaba la pelota descascarada como quien cuida un tesoro de siglos.

Con su flequillo cortado a la taza, el pibe estaba en el Hogar Escuela de Granadero Baigorria, la sombra de aquel sueño de Evita. Pero allí estaba él. Soñaba con ser pirata porque su tío que era camionero le hablaba maravillas del mar que no conocía. Pero el tío le decía que los piratas vivían en el mar. Y como era tan lindo, él, aquel pibe de flequillo cortado a la taza, soñaba con ser pirata.

Paula soñaba con un futuro distinto. Para ella y sus hijos. Ahora estaba embarazada y quería seguir. Pero la mataron y la desaparecieron. Sus padres hace ocho años que buscan un huesito de Paula, esa muchacha de menos de treinta y cinco años que fue tragada por las redes mafiosas que crecen y reproducen en la zona por donde circula el mayor flujo de dinero de la Argentina, por la ciudad de San Lorenzo, donde San Martín iniciara su proyecto de la Patria Grande.

“Yo tengo que jugar al ajedrez de forma permanente. Vos no entendés”, le dijo una ministra a la nena del barrio Las Flores, zona sur de Rosario, que junto a sus compañeras defendía la escuela del lugar a la que la señora funcionaria quería cerrar por los siempre repetidos mandamientos del ajuste permanente. Pero la nena no se quedó callada. Le respondió: “Lo que pasa que usted disfruta matando los peones”, dijo la niña de apenas doce años.

La maestra inventa una feria de ciencias que, en realidad, funciona como un gran teatro en la zona oeste rosarina. Y entonces los chicos y las chicas ríen, cantan y respetan las reglas que ponen entre todas y todos. No hay golpes ni insultos porque ellas y ellos quieren jugar hasta el final la invención de ser una reina o un personaje de película. Por el patio de la escuela, entonces, se cruza el maestro Jedi con el Zorro y la Mujer Maravilla baila junto a una princesa de incierto cuento. La maestra sonríe emocionada y ellas y ellos, las chicas y los chicos, se enamoran de la escuela pública.

“No me diga lo que está bien o lo que está mal. A mí solamente me interesa un par de buenas llantas y un buen celular. Una sola cosa le pido: que esté a mi lado para saber si lo que dice es verdad o no…porque a mi me van a matar apenas cumpla los 21 años…”, dice el pibe del barrio Emaús. Y aunque su frase tiene el impacto de una pesadilla, hay un ruego que tiene la forma de una receta para la esperanza: cercanía, compromiso y afecto. Estar cerca para saber si lo que se dice con el pico se sostiene con el cuero.

La piba viene del barrio con la mejor bandera que tiene. Trae en su cochecito al bebé recién nacido. Busca alimentos y dignidad junto a las doñas y los muchachos del barrio. Piden trabajo. Pelean. No se olvidan de sus sueños y, al mismo tiempo, se juntan y caminan para pelear contra las pesadillas impuestas por pocos, muy pocos.

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Entran los gendarmes con mira infrarroja en sus fusiles automáticos. El guión, en ese húmedo abril de 2014, ordena sobreactuar el combate contra el narcotráfico enquistado en los barrios rosarinos. Tiran la puerta abajo. Allí estará, seguramente, una copia vernácula de Pablo Escobar Gaviria. Sin embargo hay una mujer. Joven. De menos de treinta años. Tiene un embarazo de casi ocho meses. Intenta vender gramos de cocaína y marihuana porque no consiguió trabajo en ninguna otra parte. Cree que tiene que ganarse el peso como sea para darle una vida mejor a esa niña o ese niño que está gestando. Los gendarmes no saben qué hacer. No está en el guión. La mujer se toma la panza, la protege de esos fusiles con miradas infrarrojas.

Los pibes ganan algunos pesos por día. Les llaman los niños bandera. Sus cuerpos son las señales que marcan el lugar exacto para que los aviones fumiguen con los casi dos mil venenos iguales o peores que el glifosato y que tienen venta libre en la provincia de Santa Fe y la Argentina en general. Los niños bandera arriesgan sus vidas para un puñado de productores ganen miles de dólares gracias al veneno democratizado. Formaban parte de la localidad de Las Petacas en el centro oeste santafesino.

En una canchita de Arroyo Seco, donde los límites corren por cuenta de la imaginación de las jugadoras, las pibas del barrio estrenan camisetas y buscan detrás de la pelota, un gol que les de algún cachito de alegría. No solamente para esa geografía pequeña sino que le dure ese alborozo para su pelea cotidiana en la cancha grande de la realidad. La arquera está feliz porque por primera vez tiene guantes que alguien le prestó y espera estrenarlos en el primer centro que le tiren…

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“Nosotros estamos tristes de que lo hayan matado al Pájaro Cantero. Porque nosotros nacimos y crecimos en el barrio Las Flores. Acá, desde chicos, nos enseñan que valemos menos que cualquier pibe o piba que nazca en otro barrio de Rosario porque a fines de los ochenta dicen que acá empezaron los saqueos. Entonces con el Pájaro habíamos ganado algo de respeto. Por eso estamos tristes”, cuenta uno de los pibes de dieciséis años a días, nada más, del 26 de mayo de 2013, cuando fuera asesinado el líder de Los Monos.

La nena toca el violín. Durante muchos años le dijeron que la música no era para ella. Sin embargo llegó una profe desgarbada y cabello largo que les contagió el sueño. Cada una de ellas, cada uno de ellos podía tocar cualquier instrumento. Y formaron la orquesta del barrio Ludueña. Ahora, mientras toca, su mamá no puede frenar que la emoción le tome por asalto el cielo de sus ojos.

Amasan pan para las pibas y los pibes del barrio que comen salteado. Ellas y ellos crecieron en la parroquia junto a la Mecha que ahora no está porque un balazo la arrancó de su territorio querido. Había venido del norte profundo de la provincia y bancó la transformación del barrio a fuerza de amor y trabajo. Quizás el balazo vino de un arma usada por uno de esos pibes que comieron lo amasado por ella. Pero su ejemplo sigue. Las pibas y los pibes siguen amasando el pan que comerán los habitantes del barrio desangelado.

Le dicen la banda del centro. Son cinco chicos de menos de quince años en el nacimiento de la democracia. Duermen en la plaza Sarmiento, a espaldas del Normal 1, en pleno centro rosarino. Los acusan de ser portadores de todos los males. El periodista se acerca y le piden algo a cambio de la entrevista. Cinco café con leche. Y le cuentan que efectivamente se drogan. Aspiran poxiram porque el frío se siente menos en el invierno, el estómago no cruje del hambre y los golpes de la policía no duelen tanto.

Gema tiene quince años. El conferencista le habla de los valores de Belgrano. Del desinterés del creador de la bandera por el dinero. Gema no aguanta más. “Ese Belgrano es un estúpido. Lo más importante del mundo es la plata”, dice. Y argumenta que eso le enseña su padre que todas las noches sale a buscar el dinero para que ella tenga todo lo mejor. Cuando el orador le pregunta de qué trabaja su padre, Gema le dice: “Es narcotraficante”. Siguen discutiendo y ella, al final, admite que Belgrano era un buen chabón.

Alejandra nació mientras su mamá era torturada. Fue en la Maternidad Martín. Su mamá era militante revolucionaria. Con el tiempo se enterará de que su madre escribía las paredes de la celda con una aspirina a falta de tiza y que cada vez que escribía su nombre, sentía que podía burlar a los proveedores de la muerte. Y así fue. Ahora Alejandra canta y enseña música. Y su madre insiste en la docencia, el pensamiento crítico y la pelea por una sociedad con igualdad y justicia social.

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En el punto exacto de la geografía de la historia obrera que es Villa Constitución, en el sur de la provincia de Santa Fe, decenas y decenas de pibas y pibes menores de veinte años protagonizan una fenomenal movilización contra la instalación de una multinacional que intenta convertir la zona franca del puerto en un depósito de veneno. Son chicas y chicos que, a su manera, protagonizan el nuevo Villazo del tercer milenio. Quieren aire, tierra y agua limpios, sin basura. Bailan, cantan y se pintan la cara. La muchedumbre adolescente de Villa Constitución, postal de la historia política de la esperanza, se llama “Villa sin veneno”. Y esas chicas y esos chicos, ganan la pelea.

“Ni una menos”, dicen las pibas y llenan colectivos para invadir el Congreso de la Nación. Tienen pañuelos verdes en sus muñecas y ya no se callarán jamás. La revolución feminista tiene en esas chicas de catorce años una fenomenal columna vertebral de un futuro mejor para la Argentina. Si en el trono de la vida cotidiana algún día esté la noble igualdad seguramente tendrá el pañuelo verde de estas chicas que salen de todos lados y pelean por una sociedad menos hipócrita y feroz.

Son hijas de represores y torturadores. Encuentran la verdad de la historia de sus padres y tienen la fenomenal valentía de rebelarse. Los denuncian y hasta cambian el apellido. Repletas de dolor y también de amor, hacen de la memoria y el compromiso con el pueblo una dupla existencial que contagia admiración. Tienen un poco más de treinta años pero sus vidas sintetizan dignidades antiguas y siempre nuevas.

A cien años de las primeras huelgas de La Forestal, las pibas y los pibes de Pueblo Casas, en el mar sojero santafesino, aprenden la historia del saqueo del quebracho colorado, la explotación de los hacheros y la necesidad de la agroecología. Hacen bombas de semillas y siembran árboles en el pueblo. No quieren que las nuevas generaciones se queden sin verde y que no haya más empresas extranjeras que arrasen con el medio ambiente a cambio de traiciones bien pagadas. Son chicas y chicos de no más de quince años. Convierten a la historia en una herramienta para cambiar el presente, no solamente para entenderlo.

En Garabato, norte de la provincia de Santa Fe, decenas de pibes y pibas dejan la escuela por la tarde y van a los bañados que pululan, todavía, en esa geografía. Buscan con redes o baldes gran cantidad de barro. Lo llevan a las pelopinchos y entonces buscan hasta encontrar pequeños bichitos que servirán de carnada para los pescadores. Ganan treinta pesos por día y esperan que se les vaya el cansancio para seguir con el oficio que lleva el nombre de moreneros.