“Venganza o resignación”, en medio del desgarro social

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Monjas y sacerdotes comprometidos del decanato norte del arzobispado rosarino, a principios de los años noventa, comenzaron las marchas “por los inocentes”, las víctimas del sistema que aparecían como consecuencia de la desocupación y el empobrecimiento, resultados claros y concretos de las políticas del consenso de Washington que llegaban a la vida cotidiana de la mano del menemismo, el hecho burgués que maldijo al país, la inversión de campana de la vieja definición de John William Cooke sobre el peronismo.

La desocupación y la pobreza se multiplicaron por tres y los victimarios de guante blanco privatizaron los templos existenciales y nadie los echó a sogazos como había hecho aquel revolucionario palestino que luego sería torturado por el imperio romano.

Los puertos fueron privatizados y poco tiempo después, la DEA, la supuesta agencia estatal de Estados Unidos destinada a combatir el narcotráfico en América del Sur, informaba que desde esos muelles ingresaba la mayor cantidad de cocaína a la Argentina.

Pibas y pibes desocupados, pibas y pibes consumidores, consumidos que comenzaban el periplo de convertirse en soldaditos que luego serían inmolados en el altar del dios dinero, el verdadero corazón de los negocios ilegales y mafiosos como el contrabando de armas y el narcotráfico.

Ahora, mientras los que usurpan casas a fuerza de presentarse como narcos renombrados filman los fusilamientos que hacen contra chicos y chicas siempre menores de treinta años; ahora, en este preciso y durísimo momento existencial de la historia del sur de la provincia de Santa Fe, la segunda región más rica de la Argentina crepuscular del tercer milenio; ahora mismo vuelven las voces de monjas y sacerdotes que es mucho mejor darle mortalidad a los negocios criminales que discutir sobre la inmortalidad del alma.

Bajo la frase del evangelio de Mateo: “Felices los que trabajan por la paz”, sacaron un comunicado que demuestra la profundidad del dolor que provocan estos asesinatos en los barrios de la ex ciudad obrera, portuaria y ferroviaria.

“Los consagrados y consagradas que compartimos la vida y la misión con personas en situación de vulnerabilidad en Rosario vemos, cada vez con mayor preocupación, la creciente violencia instalada en nuestras calles en los últimos años. Todos los días los medios de comunicación dan cuenta de niños, adolescentes, jóvenes y mujeres que pierden sus vidas en distintos hechos de violencia. Pero, para nuestra gente, no son sólo noticias sino rostros concretos de hermanos, hijos, vecinos y amigos a quienes ya no volverán a ver. Son los alumnos que asistían a nuestras escuelas, los pibes que jugaban en nuestras plazas, que venían a nuestras parroquias, los que comían en nuestros comedores y caminaban por nuestras calles. Para sus familias ya no existe ninguna esperanza de justicia: la venganza o la resignación resultan las únicas alternativas. El Estado se muestra incapaz de dirimir muchos de los conflictos y el vecino se encuentra solo ante esta realidad”, afirma el texto.

Denuncian que “durante la pandemia, debido a las medidas sanitarias, se ha producido un profundo debilitamiento de las instituciones del Estado y de la sociedad civil; dejando aún más expuestos a nuestros niños, adolescentes y jóvenes a ser captados por las redes delictivas. Porque como bien lo dijo el Papa: ´La soledad, los miedos y la inseguridad de tantas personas que se sienten abandonadas por el sistema, hacen que se vaya creando un terreno fértil para las mafias. Porque ellas se afirman presentándose como protectoras de los olvidados, muchas veces a través de diversas ayudas, mientras persiguen sus intereses criminales´ (Fratelli Tutti28)”.

Agregan que “en el último tiempo, hemos visto con agrado los intentos de algunos miembros de los tres poderes del Estado de paliar esta situación y enfrentar a las mafias y la corrupción, porque mientras siga la impunidad del poder, las cárceles seguirán siendo sólo para los pobres. También destacamos y agradecemos a aquellos trabajadores de la salud, de la educación, a los movimientos sociales y a tantos vecinos que han asumido el desafío de trabajar por la paz, a pesar de la coyuntura. Evidentemente, todo eso no alcanza y nos encontramos en una situación de real emergencia”.

Como consagrados, ciudadanos y vecinos de los barrios de las periferias de la ciudad, “llamamos a todos los actores de la sociedad a atender esta preocupante realidad: que la sangre de nuestros hermanos no siga derramándose y que todos los rosarinos tomemos conciencia de la gravedad de la situación. Creemos necesario un reencuentro entre todos los sectores que somos parte de la dinámica institucional de los barrios, tanto estatales, gremiales, religiosos y civiles. El Consejo Económico y Social, las Mesas Barriales, los Foros y muchos otros deben ser más que espacios de diálogo, lugares donde el Estado legitime un debate que genere respuestas concretas para involucrarnos a todos en la transformación de una Rosario más equitativa y pacífica. La marginalidad exige el máximo esfuerzo de todos para dar respuesta a una realidad compleja y urgente. De nuestra parte, seguiremos ofreciendo nuestro trabajo en comunidad en favor de los más pobres y nuestra colaboración con todos los niveles del Estado para ayudar a revertir esta situación. Nos unimos en oración para que haya un desarrollo humano integral, paz y justicia en nuestra ciudad y en todo el país”, termina diciendo el documento de monjas y sacerdotes.

Palabras necesarias ante la ferocidad desatada como consecuencia de aquel desgarro que comenzó hace ya más de treinta años.

Fuente: Documento de monjas y sacerdotes de la Pastoral Social del Arzobispado de Rosario; “Postales del ex cordón industrial del Gran Rosario”, del autor de esta nota.

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