La pibada en el entramado de la semicolonia

En la Argentina crepuscular del tercer milenio, las riquezas que produce su pueblo se vuelven ajenas y lejanas. Se multiplica el empobrecimiento de nuestro pueblo. Especialmente de la pibada.

Por Carlos del Frade

pobreza

– El gobierno de Mauricio Macri contrajo una deuda por cien años, eliminó el ministerio de Salud y llevó adelante, a través del voto popular, el proyecto político económico del terrorismo de estado, la financiarización de la economía por sobre la producción. El estado se redujo al portador del sello que habilitaba cualquier negocio privado, legal e ilegal. Y las cárceles se llenaron de pibas y pibes atravesados de urgencias y rehenes de la democratización de la prisión preventiva. Hasta se permitió a las multinacionales de los medicamentos experimentar con bebés entre los cero y los tres años. Las pibas y los pibes dejaron de ser los privilegiados como consecuencia de la privatización del país a favor de las minorías.

Las elecciones de 2019, entonces, generaron el triunfo de una nueva forma de peronismo como respuesta real y antagónica de lo sufrido durante el macrismo. Aquel voto buscaba algo de un estado protagonista, defensa de lo nacional y objetivo central en mejorar la vida de las mayorías populares. Algo de peronismo. Un poco de aquellas banderas de independencia económica, justicia social y soberanía política.

En junio de 2020, el escándalo de Vicentin, fugaducto del macrismo, presentó la posibilidad para el gobierno de Alberto Fernández, en medio de la pandemia, de construir una empresa nacional esencial en el comercio exterior de granos, mantener casi 40 mil puestos de trabajo directos e indirectos y exigir el regreso de los 791 millones de dólares transferidos a paraísos fiscales a través de diecisiete delincuentes de guante y cuellos blancos con la complicidad del entonces presidente del Banco de la Nación, Gonzáles Fraga y del titular del Banco Central, Guido Sandleris. Pero el proyecto de expropiación fue descartado como consecuencia de una movilización: “Todos somos Vicentin”.

En noviembre del mismo año, al vencerse la concesión del dragado, balizamiento y peaje del río Paraná, el gobierno de Fernández, votado por ser continuador de una política que reivindicaba la cuestión nacional, decidió resucitar la década del noventa que nadie quería. Decidió reprivatizar el Paraná. Solamente dejó a la Administración General de Puertos a cargo del control hidrológico del río y cobrar algo a la circulación de buques que llevan y traen riquezas inimaginables que nadie controla. Dragado, balizamiento y peaje son 300 millones de dólares anuales. Las exportaciones por el Paraná suman 30 mil millones de dólares. Pésimo negocio para el estado argentino: cien veces menos de lo que se va. La ecuación es simple. Las riquezas se van, se multiplica el empobrecimiento de nuestro pueblo. Especialmente de la pibada. Al no profundizarse lo nacional y lo popular, el gobierno fue haciéndose antinacional y antipopular. Un neomenemismo que nadie votó.

El tercer momento de profundización de la semicolonia se produjo en la nueva capitulación ante el Fondo Monetario Internacional. Fue legitimada y legalizada la deuda ilegítima e ilegal generada por el macrismo. El gobierno se rendía ante el poder concentrado y extranjerizado de siempre. En los últimos años, estudios de las centrales obreras dicen que la transferencia desde los sectores populares a las minorías dominantes a través de la inflación fue de alrededor de 70 mil millones de dólares. Por primera vez en la historia social argentina, las personas con trabajo no podían empatarle a la línea de la canasta básica. Nueve de cada diez personas que viven y trabajan en la Argentina quedaron por debajo de los cien mil pesos de ingresos. Y de manera simultánea, seis de cada diez pibas y pibes menores de dieciocho años resultaron estar sumergidos en la pobreza y un millón de chicas y chicos dejaron de comer aunque sea una vez al día en el país de la carne, la leche y el pan.

En la Argentina crepuscular del tercer milenio, las riquezas que produce su pueblo se vuelven ajenas y lejanas, al mismo tiempo que el modelo extractivista se traga la biodiversidad con distintas formas de ecocidio que van desde el incendio intencional de los humedales a la democratización del veneno de los agrotóxicos.

Y en los barrios de las ex ciudades obreras e industriales, el capitalismo siembra dos de sus negocios fundamentales, el narcotráfico y el contrabando de armas. Pibas y pibes sufren la metamorfosis de ser consumidores consumidos, víctimas y victimarios, soldaditos inmolados en el altar del dios dinero, el verdadero corazón de los negocios mafiosos.

Las esperanzas, a pesar de los pesares de la realidad semicolonial de la Argentina en el fin del invierno de 2022, están siempre presentes en lo cercano, en la elección cotidiana de las grandes mayorías que insisten en apostar al trabajo, al amor y la solidaridad que, más allá de lo que eligen mostrar los grandes medios de comunicación, son los motores que mueven la vida cotidiana del país que todavía busca poner en el trono de la vida cotidiana a la noble igualdad.

Para que las pibas y los pibes vuelvan a ser el motivo cotidiano del pulso íntimo de la historia argentina habrá que recuperar las riquezas del pueblo para el propio pueblo, construir soberanía económica y ambiental para democratizar la felicidad, el objetivo de la revolución y la política, según decían dos muchachos desesperados que inventaron la Argentina, Mariano Moreno y Manuel Belgrano.

La pibada será feliz cuando la Argentina deje de ser una semicolonia.

Para eso hay que pelear todos los días, hasta el último atardecer.

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